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Dossier a cargo de Ignacio Rojas e Ignacio Rauld
lacabinainvisible@gmail.com
Introducción
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Finalmente ha llegado el día. Saludamos con afecto a los expectantes y a quienes, por graciosa ventura, sólo recientemente se han enterado de este esfuerzo. Sean, pues, bienvenidos todos a lo que constituye la primera entrega de Hilando hierros, el dossier crítico dedicado a la obra de Humberto Díaz-Casanueva.
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Unas palabras acerca de esto. Hemos decidido adoptar un criterio de entregas en vez de una sola publicación integral, por motivos que van desde la reafirmación de nuestro interés frente al público lector a la rectificación de ciertos errores que han cometido los encargados de este proyecto. Lo primero conviene a la necesidad de entregarle a lo que, para un ojo alejado del trabajo que hemos desarrollado, puede entenderse como una tímida iniciativa, un soporte contundente. Esta primera entrega la entendemos como un paso desde una potencia a una acción que es, a su vez, un compromiso mayor y duradero. Lo segundo es solidario con los plazos en los que inscribimos en un primer momento la convocatoria. En cierta forma, pecamos de deshabituados a los fatigosos trajines que imprime la vida académica. Esperamos que al prolongar hasta septiembre del presente año la convocatoria, quienes tuvieron que declinar a regañadientes a la invitación por motivos más urgentes –cualquiera sea su nombre- puedan sumarse al proyecto. (En esto último no hay ironía ni caricatura). Ahora bien, esta dinámica consistente en periódicas entregas no quita que, en el momento en que cerremos la convocatoria, todas ellas se fundan según los criterios mediante los que distribuiremos los ensayos (explicitados en la convocatoria). Por lo mismo, el desorden que pueda apreciar el lector es meramente provisional y, como todo lo inmediato, será trascendido.
Llamamos la atención de los lectores sobre un giro que ha tomado el dossier. Si bien en un principio la idea, al menos nuestra, era de abrir una coyuntura que permitiese unir nuevos trabajos en torno al autor, a poco de andar, entendimos la necesidad de hacer una recopilación de lo que ha sido legado. Y esto tiene que ver con el triste destino que ha deparado a gran parte de la crítica que, en otros días, esgrimió unas cuantas líneas para el célebre autor de Vox tatuada. Por lo general, esta se halla a tal punto dispersa, troceada entre revistas, publicaciones inencontrables y demases nomenclaturas infelices, que se hace necesario un esfuerzo, al menos, antologador. Si ya para un lector chileno una institución respetable como la Biblioteca Nacional apenas ofrece un lenitivo para estos infortunios, nos imaginamos la dificultad que debe embargar a sus congéneres extranjeros. Esto, se entiende, aún se halla en estados larvales, ya que aún faltan por recoger los detenimientos que sobre Díaz-Casanueva han hecho autores como José Olivio Jiménez, Alan Schweitzer, Evelyne Minard y Guillermo Sucre, entre otros.
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Antes de entrar en consideraciones sobre la presente edición y de animar con ciertas señales de ruta la discusión sobre Díaz-Casanueva, quisiéramos hacer llegar a los lectores una muy feliz noticia. Luego de haber hilado unas cuantas conversaciones con Ana María del Re, ella nos ha comentado que, hace poco más de un mes, se ha publicado la segunda edición (ampliada) de su valiosísima Obra poética de Humberto Díaz-Casanueva bajo el sello de Biblioteca Ayacucho. Esta edición incluye poemarios que no habrían sido publicados en la primera versión, además de engrosar el valor, ya de suyo, del libro con nuevas notas y reflexiones de la autora venezolana. Desde aquí celebramos el acontecimiento.
A modo de despedida, ofrecemos a continuación unas cuantas señales de ruta que recogen de los textos aquí vertidos algunos de sus contenidos. En realidad, poco nos atrae la idea de ensayar una comprensión lectora, por el contrario, lo que nos interesa es involucrarlas en un decurso reflexivo que cimente el interés. Van de suyo, por lo mismo, lo asistemático o contradictorio que puedan contener nuestras problematizaciones.
En un primer nivel, apelamos a una cualidad inveterada, propia a la poesía de Díaz-Casanueva: la polémica por ser. No sin razón diría Ricardo H. Herrera (Las marcas del éxtasis: Ensayo sobre la poesía de Humberto Díaz Casanueva) que la obra del poeta chileno “es el apasionado testimonio de un hombre que busca la unidad de su ser, su origen: espacio carnal donde cuerpo y alma ya no estén separados, espacio poético donde el Yo se disuelve en el sueño y el ser se expande más allá de los límites de la identidad, permitiendo, así, la revelación de su plenitud terrestre, su secreta semejanza”. A nuestro juicio, se pueden desprender de aquí unas cuantas ideas. En primer lugar, una que afecta directamente al estatuto que asume el poema; intentando de modular tal inquietud el resultado podría iniciar una pregunta de este tipo: ¿qué es el poema? O, mejor aún, ¿qué es el poema cuando este es modulado como basamento de un movimiento existencial? Sin duda, busca de sentido. Sin embargo, nos parece necesario llamar la atención sobre estos versos fulgentes que parecen ampliar el espectro de la pregunta sobre otras dimensiones “mis cantos me duelen por no terminar en su propio delirio” (Vigilia por dentro). Si el dolor es el fracaso de una tentativa poética –probablemente aún verde pero no por ello menos decidida- que se tuerce hacia una consunción en el ser, ¿bajo qué tipo de contexto escribir versos concordaría con el nacimiento lúcido e inalienable de un espíritu? Si el poema puede fundar la busca del ser, ¿es poder de él coronarla en el establecimiento luminoso del ser?
A estas alturas es sólo un inútil formalismo reparar, por un lado, en el carácter “contemporáneo” del poeta (la unión de vida y arte) y, por otro lado, en el sustrato revolucionario de la poesía, valga decir, en su capacidad de alterar el orden de lo real. Quizá no sea del todo enojoso leer estas ideas de Rosamel del Valle, dichas a modo de fe poética: “(…) la poesía obedece a un esfuerzo de la inteligencia, a un vigoroso control de la sensibilidad y su expresión extrae al ser del sueño en que se agita. La imagen de este otro espacio bien no puede ser REAL del todo. Pero entonces ¿qué sería la poesía?: Nada más irreal que la existencia”. Esto si queremos establecer relaciones. Atendiendo a este dossier, ya Diego Sanhueza Jerez establece los primeros asedios a esta problemática al ligar, mediante un abordaje de cuño heideggeriano, con claridad la necesidad del canto en el hombre finito, rodeado por su insignificancia a la par que de su anhelo de la infinitud, con la apertura y la cerrazón del sentido, proponiendo, con ello, que en el lenguaje se establece un valeroso acceso a su propia finitud. Claro, el autor no pierde de vista que la noción de la muerte es carísima a su poesía.
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Ahora bien, la idea apuntada por Herrera conviene a un sentido general a, si se quiere, una visión panorámica, ya que si uno presta a lo específico suficientes armas, entiende que el movimiento inicial se da en la paradoja. Esta puede verse en los siguientes versos de “Elevación de la sima” (Vigilia por dentro): “Tal vez porque estos repetidos sueños tiran de la nada esa / parte mía que todavía no tengo, / La unidad de mi ser no consigo aún a costa de su propio destino” y si es que queremos iluminar aún más el asunto, “Éste es el testimonio doliente del que no puede labrar sus / formas puras / Porque se lo impide su ser hecho de peligros y cruel / sobresalto”. Lo terrible del ser impide su anhelada reposición, podría apuntarse como la médula de este oxímoron. Sin embargo, como en cualquier pensador o artista interesante, esta primera impresión se desenvuelve y a lo cerrado contesta una apertura esperanzadora. En Díaz-Casanueva, el tiempo es la puerta que se entorna. En Sol de lenguas se ofrece la idea más clara a esto (no exclusiva al poemario mencionado): “Más que existir quisiera suceder / Por el gusto de ser posible”. Lo curioso del asunto es que a la primera paradoja contesta una nueva: al existir (que puede entenderse en relación a esa “forja de las formas puras”), que tiene una carga tan personal, le sucede la impersonalidad de un momento, de un acontecimiento. Se apela a, si se quiere, un suceso de sí. Sin embargo, ¿cómo la esperanza puede constituirse sobre la veleidad del tiempo? ¿Qué visión de este, posiblemente jalonada a lo largo de sus poemas, ofrece el margen de entendimiento para esta proposición? ¿Trocar existir por suceder no atrae una inevitable disipación del poeta? Y de ser tal, ¿esta disipación podría entenderse como una antesala de la muerte? Me parece claro que son espantos analogables, aunque irreductibles. Sin embargo, ¿se alivianaría una de las aporías trágicas de Díaz-Casanueva, esto es, que la muerte –esa “entraña insondable” (La estatua de sal)- sea, de cierta forma, experimentable sin el infortunio de morir, disponiéndose a nosotros de esta manera sus secretas viandas que no son otras que las nuestras?
Si es que buscamos un punto de conexión por el cual lo específico se una con lo general (en los términos que hemos usado aquí) este podría ser la idea de visión. Ponemos ahora unos versos que son la cristalización de un contenido inmanente a su poesía: “Renegador de la fe en lo que soy / En lo que no soy / Busco entre visiones / Prolongar mi alma // Busco busco / La vibrante la profética / Plenitud de mi cuerpo” (“La visión de la semejanza” Sol de lenguas). Si es que la poesía de Díaz-Casanueva tiene una declarada raíz órfica, este orfismo pareciera suceder luego de un amargo juego dialéctico (el término es meramente aproximativo), cuyo fin sería dinamitar las tercas y exangües representaciones inmediatas de nuestro ser y, con ello, abrir el ojo a un presente y a un futuro imbuido de nuestra plenitud. Abierto hacia el abismo, hacia lo indeterminado, la visión es la guía en el suceder. Entonces, ¿ser es contemplarse? Pero Eurídice, ¿no es un peligro? Y si es que la imagen conduce al poeta que busca ser, ¿no es la culminación de su movimiento existencial, inevitablemente, un problema estético? ¿De cuántas maneras se ha modulado el ser del poeta a lo largo de la variedad de registros en los que ha experimentado? Si es que esta multiplicidad va de la mano con una conciencia deficitaria, es muy probable que a este poeta haya que verlo como un probo, atendiendo al sentido jasperiano del término. Intentando de establecer una relación intertextual, ¿cómo dialoga esta peculiar meta del poema de Díaz-Casanueva con, por ejemplo, obras como La visión comunicable de Rosamel del Valle, ciertas porciones de Anguita, o escrituras –llevadas bajo otro tenor- como la de Robert Walser?
En un sentido total y completamente cercano, ¿es posible cuajar una estética del tiempo en el arte del nombre? ¿Existe tal cosa como un símbolo evanescente? La clara raíz dramática, a ratos decididamente narrativa, que muchas veces interviene en sus poemas largos, ¿puede verse como el intento por lograr una verdadera y convincente poética del tiempo, esto es, una que supere lo meramente nominal y se arroje a atraparlo en su movimiento?
Esto en un primer nivel que, por supuesto, no reduce las problemáticas que, a manos llenas, se pueden sacar de sus poemas. Otra, que sólo apuntamos de pasada, son las consecuencias que depara la alienación a este tipo de dirección del poema en Díaz-Casanueva. Problema que está encarnado, por ejemplo, en el cuarto canto de Los penitenciales, en gran parte de Los trinos (trenos) del pájaro Dunga y, también, en Los veredictos y que genera grandísimos problemas en un autor que entiende la poesía en un sentido coral, esto es, de fundir los destinos de los hombres.
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En un segundo nivel nos parecen necesarias ciertas detenciones sobre algunos poemarios como por ejemplo El blasfemo coronado y La estatua de sal. ¿Cómo pueden leerse esos libros exigentes y a tal punto proliferantes que parecieran, como la mayor parte del tiempo lo han hecho, suscitar solamente el anonadamiento? Vicente Gerbasi ya hizo algo en relación a El blasfemo coronado, revelando una notable ligazón con los planteamientos que hiciera Waldo Rojas. Este último, en su esclarecedora visita a la recepción crítica que ha tenido la obra del poeta chileno, ya ha sembrado mientes sobre el asunto. Sobre todo atendiendo a cierta confusa, y por lo demás, arbitraria jerarquización de poemarios más o menos felices dentro de la trayectoria de Díaz-Casanueva. Y ha apelado al rigor grandísimo de verlos dentro de sus propias fuentes simbólicas, rituales y filosóficas y que, al mismo tiempo, indague acerca de los “mecanismos que generan el sentido propio del lenguaje de la poesía”. De pasada apuntamos a Nietzsche, Heidegger y ciertas vanguardias europeas, como el expresionismo y el surrealismo sin, por ello, desatender a escritores como Blake, Baudelaire y Rimbaud. No dejamos de llamar la atención sobre el escrito de Eduardo Moga, muy esclarecedor en este sentido. Sobre todo porque es una visión general atenta a los caracteres estilísticos que muy poco tiene de llaneza, ya que desenrolla una serie de constancias tironeadas a lo largo de su obra.
No sería para nada ocioso recordar que esos dos libros, únicos en su estilo en esta tierra angosta (quizá analogables a ciertas instancias de Mahfúd Massís), tienen un particular abordaje a una visión trágica del mundo. Y trágica en un sentido amplio: un sentido que atrae la catástrofe y la polémica por la terrible presencia de los dioses en el mundo, asimismo, el sentido de una justicia que las más de las veces parece solo ser una mascarada del absurdo. No sólo esto, sino que trágica, también, en el sentido en que deben ser leídos y apuntados rigurosamente, por ejemplo, obras como Las Euménides de Esquilo y Edipo en Colono de Sófocles. Valga decir, en cierta posibilidad de lograr una reconciliación. Sin embargo, esto no puede obviarse, esta no estaría dada desde un orden trascendente sino que desde la terrenalidad, desde el coro. Habría que hacer caso a estos versos del poema XII de El blasfemo coronado: “Dentro de mí aumentan su desenfrenada prole y gimen y untan de estiércol / la cabeza de los dos dioses griegos que en mi tienda presiden / vanamente. / ¿Acaso vi en estos dioses alguna vez el ansia de la muerte y el consuelo / para el que aprende a reconocerse (…) He de conjurar estas fuerzas con ayuda de quién?”. Los dioses son, obviamente, Apolo y Dionisio, y el claro movimiento secular que se establece no por ello abre las puertas a un materialismo a ultranza. No sería malo apuntar que estos libros gemelos de Díaz-Casanueva están, como él tan claramente lo dice, presididos por las ideas que simbolizan estos dos dioses.
Ahora bien, y en relación a lo trágico, el segundo de estos libros gemelos de Díaz-Casanueva extrema esta relación. Sobre todo si es que se piensa que, en gran parte, se trata culminar el poema en la restitución a la escena del coro griego (algo sobre esto ha escrito Rosamel del Valle en su Violencia creadora, texto del que esperamos publicar algún fragmento en otro momento). Así visto, hay un claro afán de rebasar la lírica y coronarla en el diálogo con lo que se daría una clara muestra, extendida a modo de mentís, sobre quienes aún suelen calificar a esta escritura de hermética al atraer hacia sí la necesidad de una comunicación, inherente, por lo demás, a la misma orientación coral que recibe su poesía. Pasando a un problema de fondo, netamente ligado a nuestra situación en el tiempo, y problematizado sobre todo por la gran influencia que en este poemario ejercen tanto el romanticismo como el expresionismo alemán, ¿qué necesidad de lo trágico reclama para sí la forma de la tragedia ática? Dicho más claramente, ¿qué motivo, trágico en sí mismo, fundamenta el gesto de intentar una vuelta a la arcaica frescura griega valiéndose para ello de las últimas expresiones artísticas de la poesía contemporánea?
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Para terminar con esto nos gustaría hacer hincapié en la muy notable transformación que ocurre en el estilo de Díaz-Casanueva, dada entre La estatua de sal, La hija vertiginosa y Los penitenciales. Nos parece sumamente importante anotar que, en gran parte, este cambio se reproduce en las formas en las que se conduce el rito. Si no nos falla el juicio se podrían distinguir dos tipos de rituales. Uno que tiene como fin hacer del poema un suceso dentro de un suceso, es decir, una reacción frente a algo, por lo general, ligado a cualquiera de los signos por los cuales se simboliza el desborde o las fuerzas de lo avasallante y catastrófico y mediante el cual el poema inicia el camino y la pregunta por la existencia (en cierta forma, el poema se fundamenta como lo que es y pretende ser mediante este movimiento). El segundo ritual es, nos parece, doble y atado al carácter propio del poemario. Así, por ejemplo, hay rituales de existencia y del acontecimiento (según vimos al principio) que atraen sobre sí nociones diversas, incluso contrarias, como la danza, el exorcismo y el silencio. Lo curioso es que al trocar uno por otro el impulso existencial pasa de un ir hacia- (fundamental en El blasfemo coronado y La estatua de sal) a un vaciarse de- que podría apuntarse como el mecanismo matriz que regla o “preside” libros como Los penitenciales o Sol de lenguas. El cambio, por supuesto, no es accidental y necesita de una esmerada exégesis en la línea que sugiere Rojas.
Como se puede ver falta aún mucho por hacer. Queden aquí expresadas sólo un pequeño número de tareas pendientes. No quisiéramos encajonar la discusión que la proliferante y polisémica obra de este autor tiene que ofrecernos ya que de buscar algo este breve proemio es solamente explicitar ciertas inquietudes que a nosotros nos plantea la poesía de Díaz-Casanueva. Por supuesto, quienes deseen colaborar pueden perfectamente hacer caso omiso de estas problemáticas e iniciar las suyas.
Quisiéramos, por último, agradecer a los colaboradores que han permitido esta publicación. En especial, a Ludwig Zeller y Susana Wald por su cordial y diligente envío de los Mirage que, en su momento, formaron parte del volumen El hierro y el hilo de Humberto Díaz-Casanueva. Igualmente, y por motivos similares, a Beatriz Gerbasi, hija del notable poeta venezolano.
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Los editores.
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