
por Rodrigo Arroyo
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Todo está preparado como para un olvido
Rolando Cárdenas
Nada mejor que no ser oído. Nada mejor que, en esa exhibición, no ser visto
Leopoldo María Panero
I
Aquello por venir es únicamente posible por cuanto no revierta su condición y no se dirija la atención hacia aquello por venir, sino hacia lo que genera su venida, es decir, la voluntad de mantener su inminencia. Recordemos al respecto a Platón quien través del mito que nos narra en el Fedro exhibe su preocupación porque la escritura pueda transformarse en una herramienta que vaya en desmedro de la memoria. El mito en cuestión es el de Theus y Thamus. Y ciertamente este mito retrata el estado de gran parte de las escrituras poéticas que circulan actualmente, en el sentido que son ellas mismas las que van en desmedro de la memoria, haciendo perder al sujeto la voluntad de mantener aquella inminencia que daría la posibilidad de surgimiento de una escritura poética, haciéndole perder también, por extensión, su capacidad crítica. Recuerdo aquí las palabras que mi amigo Rodrigo Morales me dijera días atrás y que evitan confusión alguna: “la crítica no es un género literario sino una facultad del pensamiento”. Recuerdo sus palabras sin pensar jamás, por lo absurdo, atribuirle autoría al respecto. Porque no es novedad alguna aquello. Ahora, aquí, es decir en este texto, la crítica no es planteada como una posibilidad escritural dependiente de la escritura poética. El origen de este texto reside en la idea que la crítica sea, como la poesía, una forma de pensamiento que permita leer en este caso, sin reservas, las publicaciones abordadas por este texto. Y que de paso nos llevarían a preguntarnos por el lenguaje, sí, en nuestro tiempo.
El sentido de estas palabras entonces se origina a partir de la circulación de ciertas escrituras que, ampliadas, incluyen a muchas otras que han aparecido en los últimos años. Convirtiéndolas, más allá de una disputa por una legitimidad que las convoca dentro de lo que podríamos denominar como una tradición poética, en un lugar extramuros del lenguaje; en un páramo de certezas en el cual el libro pareciera haber perdido ya su condición de umbral y el lenguaje ha pasado a ser un medio a través del cual se despliega el más descarnado protofascismo y la total ausencia de sutileza. Sería interesante entonces revisar críticamente algunos casos, pero teniendo en cuenta que de modo alguno esta escritura pretende reclamar parte del espacio que se cuestiona. No es así una escritura basada en la imagen de la reseña o reitero, de la crítica literaria. Es decir, nacida al amparo o posteriormente al libro; en su contexto, no. Es tal vez, como lo señalara el mismo Morales, un espacio de resistencia, o como lo señalara también mi amigo Felipe Moncada, cierta expansión que nos aleja de la idea de la derrota del lenguaje, alentándonos este último con sus permanentes exigencias. Así, quizá no haya otra intención sino aquella de dar cuenta que gran parte de las escrituras mencionadas se mueven u originan en la precariedad, en la actualidad de sus propios referentes. Y que tal vez lo único de marginal sea su cuerpo (textual) fuera del lenguaje.
De este modo tal vez el contenido de este texto sea cuestionado en términos de una crítica literaria, o bien de autoría, lo que sería seña de una vulgaridad e indistinción mayor: porque lo que aquí importa no es la crítica en sí -y creo importante ser reiterativo en este distingo- sino en verdad lo que importa es el proceso de lectura y escritura crítica. Lo que ocurre hoy con el lenguaje. He ahí quizá el valor de estas palabras. Ahora bien, es lógico pensar en las causas que dan origen a este texto, pero de igual modo sería interesante preguntarse por el origen de las escrituras revisadas, preguntarles ¿cuál sería el sentido de intentar una legitimación en el ámbito poético cuando ya desde la producción, ya desde la circulación se reemplaza una poética o una forma de pensamiento por estilos, por estéticas, por un evidente abandono del lenguaje que es visible en la ceguera que impide siquiera comparar los libros entre sí, para darse cuenta que entre ellos mismos se reproducen, se imitan, se camuflan? Al respecto sería interesante resumir lo antes mencionado bajo la figura del caleidoscopio. Jonathan Crary, señala en Las técnicas del observador que Marx y Engels criticaron al caleidoscopio que tanto seducía a Baudelaire por ser una composición de reflejos de sí mismo, trasladando al espectador, mediante el engaño de simular una idea otra, que no sería sino reflejo de lo mismo.
II
¿Por qué escribir?
Imagino que entre tanto taller, lecturas, acciones poéticas, performances e intervenciones debió pasar desapercibida al parecer esta simple y no tan manida pregunta. U otras como ¿por qué publicar un libro?, ¿qué es lo que se cree de la poesía?, ¿qué es un libro? ¿qué significa, ahora, en nuestro tiempo, escribir?, ¿qué es el lenguaje, qué o quién le sostiene?, ¿es el lenguaje una política o una política ha sido hacer lenguajes?
¿Se ha pensado acaso, como hubiese hecho Lukács, que el sentido de toda esta incipiente producción no es sino, por más que lo niegue o lo rechace, el que otorga un peso mayor a la lápida del neoliberalismo de tintes fascistoides que impera en la clase política, cultural y económica de este país? ¿Se ha cuestionado acaso a la escritura, cuando ella es planteada como una novedad, transformándose así en una dictadura de la moda, frívolo espacio aquél que no es otra cosa sino mantener la actualidad de los referentes? Porque es visible el hecho que existe una preocupación de romper ciertos límites en un sentido estético; más que de otro orden. Es decir, lo nuevo por lo nuevo; alejándose por ejemplo de la idea de intentar llevar a la poesía a ser una forma de pensamiento crítico o una de las formas del pensamiento, alejando a la poesía misma del lenguaje. Y visibilizando el hecho que ahora la modernidad, la dictadura y el margen, son artimañas conceptuales esgrimidas artificial o artificiosamente ya no solo por instancias de poder para generar otras tantas instancias de legitimación y subordinación, sino ya por los mismos poetas. ¿Será acaso que el protofascismo que varias de las escrituras mencionadas nos exhiben es seña del debilitamiento de su propio lenguaje frente a un estado o mercado totalitario?
Ahora bien, sería absurdo pensar que este texto se convierta en una instancia enunciativa respecto a qué es válido, digamos, caer en la concesión de legitimidad. No existe la más mínima intención de clausura ni limpieza. Lo que es claro también es que hay un cuerpo tras estas palabras y aquello que permanece tras el cuerpo de este texto es en parte una respuesta a una vieja pregunta: ¿Qué hacer? Indagar, ir en la búsqueda de un contexto que sea a su vez posibilidad de lenguaje. Porque las escrituras revisadas responden a una lógica post dictatorial que apunta a dos espacios. El primero de ellos corresponde a un espacio basado en la continuidad de ciertos referentes que vieron nacer un lenguaje propio en una oposición a la dictadura para dedicarse luego a la administración de su pequeño capital. Por otro lado tenemos otro espacio basado en la evasión y encerrado en la literatura, quizá como única experiencia. Quizá lo que nos quede no es otra cosa sino coincidir con Justo Pastor Mellado y la Estrategia de arte Luchín, e intentar una continuidad quebrada con la dictadura. O bien preguntarnos en serio qué es el margen y la periferia realmente. En el fondo, el cuerpo tras el texto señala que la decisión de adoptar una posición frente a la escritura es una actitud moral, lejana tal vez a la esencia actualizada y fragmentada que presentan los textos revisados. ¿Qué piensan del lenguaje Hernández Montecinos, Paredes, González Barnet o Pereira que lo llevan a un segundo plano? Sin pensar siquiera que el lenguaje es algo que trasciende a un texto, asimismo como éste trasciende una experiencia. Fijémonos en ello pensando en que la poesía y el lenguaje pueden cambiar el mundo, y no, no sólo a través de un texto como soñara Rimbaud. Y quizá a través de la palabra simplemente, tal como señalara Droguett: “la palabra es una explosión (…) un libro es en realidad un arma peligrosa. Tan peligrosa como un puñal o una metralleta. Algún día estallará” Y creer en ello y desde allí concretar el deseo de escritura, aunque dicha explosión no sea más que un signo impreso en la página y la poesía no sea más que la posibilidad que nos quede; pero creer en ello y que no sea nada más una cuestión de fe. En otras palabras, que dicha creencia o moral hienda la palabra, transformándola en palabra poética, distinguiéndola de cualquier otra, porque su origen sería el de un pensamiento, el de una resistencia nacida desde la experiencia. Sin dirección ni compromiso a grupo alguno. Pero al parecer hoy esa palabra está perdida o quienes suponen poseer la capacidad de verla en su condición de poetas, no la ven. Y no la ven porque existe una ausencia de desciframiento, que no es otra cosa sino una ausencia de sutileza. Y es precisamente desde ahí, desde esa falta de sutileza que extrañamos el pensamiento crítico en la academia, perdón, en el espacio que ha suplantado a la academia. Se extraña también en los denominados críticos, antologadores y gestores. ¿Qué podrá decir Francisca Lange, o Patricia Espinosa?, ¿o Javier Bello, Felipe Cussen, Rodrigo Rojas?, ¿acaso la distancia académica impide una visión crítica de lo que aparece circulando?, ¿será una excusa válida la desaparición de la universidad? Es decir, al notar este silencio no podemos no pensar en una posición académica enclaustrada y preocupada del mercado educacional o bien de supuestas carreras académicas, o siendo amables, de investigaciones o proyectos personales. Pero es también desde la oposición al silencio, de lo que dice, lo que señala y perpetúa esta supuesta academia que se extraña un pensamiento crítico. He ahí, creo, el vicio de la academia, y no en los berrinches infantiles que Héctor Hernández profería cuando se refería a lo académico en relación a ciertas escrituras de los noventa, como Germán Carrasco, Andrés Anwandter, Héctor Figueroa y Yanko González entre otros. Cosa que Christian Aedo y Víctor López señalaron en su momento en una publicación en Letras.s5.
Todo esto nos hace apreciar cómo lo ingenuo conduce a lo precario, lo mediocre, al no examinar -como diría Foucault- el lugar mal iluminado de la confusión y que podemos ligar a lugares comunes de una supuesta reflexión teórica. Lo que no es otra cosa sino una carencia de revisión de la vigencia y coherencia de conceptos. Y de la pertinencia de los mismos, digamos, de acuerdo al contexto en el que se erigen. El pensar, por ejemplo, ¿qué es lo político y cómo aquello se enarbola como bandera de diferencia? ¿Cuál es el sentido de la diferencia que se maneja? o ¿cómo en un lenguaje se articula lo económico y lo simbólico en términos de una supuesta reflexión crítica? Pensemos esto a propósito de las palabras que Diamela Eltit pronunciara sobre Hernández Montecinos, asignándole a su gramática el mérito de elaborar constantes simulacros y dar cuenta de un sujeto fragmentado que adopta máscaras. Lo irónico es que Eltit no deja de tener razón, pues las máscaras y la fragmentación ocultan, no los signos post industriales sino una ausencia de cuerpo tras los textos. ¿Se habrá preguntado Hernández todo esto? Imagino que sí, que por lo mismo sabe que la institución más lucrativa y legitimada académicamente es el margen. Así, lo que podría ver Hernández en lo académico no es sino el reflejo de sí mismo, el caleidoscopio. Es preciso mencionar esto dada la facilidad con que un término puede ser enunciado, inclinando la balanza a favor a través de la gestualidad y el histrionismo, ocultando de paso la ausencia de sustrato, de cuerpo y de coherencia. Primo Levi decía en Si esto es un hombre que son el histrionismo y la gestualidad los que nos alejan de la razón y nos acercan a la brutalidad del fascismo.
En fin, no puedo no recordar las palabras que Jorge Polanco, señalara en su poética:
“La supuesta distinción entre poetas académicos y autodidactas es al fin y al cabo superflua: todo poeta es un autodidacta en la medida que no existe fórmula para escribir poesía, y es también académico en la medida en que lee”.
Además, resulta por lo bajo, extraño leer conceptos como margen y académico, pensando en la continuidad que se ha otorgado a proyectos realizados con anterioridad; me refiero a Zurita y Eltit. ¿O no se puede leer entrelíneas el sentido o la política de un apoyo escritural de quienes claramente actúan o son referentes de los trabajos apoyados? ¿Qué habrá querido decir Zurita al hablar respecto a Hernández de obra, ausencia de límites y sinfonía? ¿Estará acaso hablando de los, por suerte, extintos carnavales culturales de Valparaíso?
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* http://www.youtube.com/watch?v=yxbncnLLO0s






