por Miguel Vicuña Navarro
-
¿Cómo es la transparencia? ¿Qué es, cuál es la transparencia? Estas preguntas podrían haber sido formuladas por Juan Luis Martínez en el curso de alguna conversación a la hora filosófica del crepúsculo, tal vez como un juego alusivo a las voces asordinadas de las personas que se deslíen a esa hora, según el orden y el desorden del espacio y el tiempo, quizás como una alusión irónica o paradójica –siempre ligera, ingrávida– a su propia transparencia.
Ya en las solapas anterior y posterior de La Nueva Novela (Santiago, Ediciones Archivo, 1977, 2ª. ed. 1985) quedaba formulada una pregunta análoga en una reiteración complementaria y asimétrica: “¿Qué es la realidad? ¿Cuál es la realidad?” Esta –¿la pregunta o “la re la re la realidad”?– duplicábase en efecto en dos direcciones opuestas señaladas en sendas notas pedales: “Nada es real” (Sotoba Komachi) / “Todo es real” (André Breton), no menos que en los enunciados complementarios: “El ser humano no soporta mucha realidad” / “Nada es bastante real para un fantasma”. El primero parece glosar el verso de Rilke “des Schrecklichen Anfang, den wir noch grade ertragen” (“el comienzo de lo terrible que apenas podemos soportar en ese grado [lo bello]”), en tanto el segundo rinde homenaje a Enrique Lihn. Cuestión de la realidad como exceso y como defecto. Así duplicada, la pregunta de la realidad (que es la realidad de la pregunta) ofrécese como paradoja: la de su disipación, la de su duplicidad. Tal como la duplicidad del interrogar, que lo es igualmente del inscribir y de lo escrito (lo interrogado), la disipación de la realidad (que es realidad de la disipación) tórnase tema constante y modulante de la obra de J. L. Martínez: La Nueva Novela parece ser su serial y premeditada mise en scène. Para ilustrarlo bástenos con recordar uno de los motivos recurrentes en dicha obra: el gato de Cheshire y “su proverbial sonrisa” incorpóranse en su universo, juntamente con otras dramatis personae y con la poética de Lewis Carroll, permitiendo entre otras cosas la inscripción del enunciado siguiente: “LA CABEZA DEL GATO DE CHESHIRE QUE A PESAR DE SU OSCURA MATERIALIDAD PARECE SUSPENDIDA SOBRE TODAS LAS COSAS, DESREALIZA EL MUNDO CON LA MISTERIOSA Y ENIGMÁTICA EXPRESIVIDAD DE SU SONRISA, RECORDÁNDOLE AL HOMBRE EL CARÁCTER PRECARIO DE SU REALIDAD” (pág. 123). Respecto a la duplicidad, sugiero que nos atengamos a este inmediato y doble doblez. Solapadamente el volumen o libro dobla y desdobla su cubierta hacia el exterior –¿“la re la re la realidad”?– protegiendo a la vez con esa extensión manual un problemático interior, el del Libro. Extendiéndose hacia el exterior que se disipa como exceso o como defecto, solapadamente el libro delimita y resguarda el volumen de su interioridad. Al exhibirse y ponerse en la exterioridad (problemática) de lo real, pone el volumen a resguardo (¿o a pérdida?) su infinita intimidad. ¿A qué faz del doblez, a qué verso o anverso asignar la disipación y la duplicidad? ¿Al Libro o a la Realidad? La realidad del libro parece disiparse en su doblez como el libro de la realidad. Esta duplicidad sonríe como el gato de Cheshire.
¿Cómo es la transparencia, Juan Luis, Juan de Dios? Si al transparecer la realidad en el libro y el libro en la realidad la propia transparencia aún no transparece, ¿qué es, cuál es la transparencia? Con “un título tan desorientador” (pág. 122), La Nueva Novela parece quizás hacer un guiño irónico y tardío al “nouveau roman”, mas lo sorprendente e inquietante del enunciado no se deja domesticar ni domiciliar por este signo transitorio, entregándose a una serie de posibles permutaciones que virtualmente suspenden ese título, tornando “La N. N.” una incógnita y un no-nombre, un título tachado. Sabido es, por ejemplo, que “novela” es la “novella lex”, la ley nueva, y de ahí “novella” en el sentido de “novedad” o de “historia verosímil”. Por consiguiente, “la nueva novela” equivale a “la nueva nueva” que consiente el intercambio perpetuo de substantivo y adjetivo, hasta suspender la relación substancia-atributo, o favorece la serie adjetiva referida al substantivo indefinidamente diferido (“la nueva nueva nueva… etc.” hasta n –“La N”), o bien admite por eliminación de la repetición pleonástica la resolución: “la nueva”. Ahora bien, “la Nueva” por excelencia es la “buena nueva” del evangelium, del mensaje bueno y verdadero del buen ángel –nuevo orden, nuevo libro, nuevo mundo y origen de todo lo moderno, a la vez que signo y nombre esencial del libro de los libros, cuerpo místico de las escrituras y la biblia: el Libro, pero otro, el Otro Libro. Si, por lo demás, “buena” es transposición de “nueva”, bien puede leerse el enunciado “la nueva novela” como metátesis de “la buena buena”, criptografía que induce de otro modo, en virtud de la serie adjetival indefinida “la buena buena buena… etc.”, referida a una innombrable bondad que se encuentra “epekeina tes ousias” (por encima del ser y, por consiguiente, del nombre), la disipación del enunciado mismo, es decir, la tachadura del título.
Tal vez no haga falta recordar que La Nueva Novela (“la NOva NOvella”) subrepticiamente enuncia en su suspensible título un doble NO –anuncio quizás de las reversiones, desplazamientos, suspensiones, permutaciones y aporías que pone en escena. ¿Diálogo severamente lúdico con la negatividad absoluta del espíritu hegeliano? ¿Con la cuestión onto-lógica del No, de Heidegger? ¿Con la negación-de-la-negación de Georges Bataille? La obra parece una ex-posición o puesta en escena de las paradojas de la literatura y el Libro, imponiendo a éste no sólo en el tejido textual de la mitología teológica del Libro, sino a la vez como Volumen en el que se configuran unos espacios “topológicos” a través de los cuales el Libro se exhibe en su presencia / ausencia, es decir, más exactamente, en su disipación. Esta negatividad y esta alteración del Libro no propone tan sólo el Otro Libro –otra lectura y escritura–, sino el libro de lo Otro, la disipación del libro en pro de la pura Alteridad. Por tanto, lo que se juega en la paradoja del Libro expuesto en la disipación de su presencia / ausencia, de su aparición / desaparición, no es sólo la cuestión de la textualidad (temporalización y espacialización de la escritura), sino a la vez la cuestión de la presencia y de lo que la excede, en lo que la obra de J. L. Martínez encuéntrase con la Destruktion (deconstrucción) heideggeriana de la metafísica de la presencia, con la deconstrucción derridiana del logos ontológico.
¿Cómo, cuál la transparencia, Juan Luis? El fox-terrier inscrito en la portada del libro como sello y emblema de las Ediciones Archivo, encerrado en una circunferencia que presumiblemente representa el “círculo de la familia” (cf. págs. 114, 116), es indudablemente el mismo, o al menos similar, sino idéntico, al fox-terrier inscrito en el colofón como “El Guardián del Libro”: la imagen de este perro guardián es la inversión, impresa en negativo, de la imagen del fox-terrier de la portada. ¿Quién es este can que así abre y clausura el libro, imponiendo el tránsito del círculo en blanco limitado por la inscripción en negro de una circunferencia (portada) al círculo en negro limitado por el blanco de la página (colofón)? Sin duda el mismo, o al menos similar, si no idéntico, al “Fox terrier [que] desaparece en la intersección de las avenidas Gauss y Lobatchewsky”, no menos que a su negativo, el “Fox terrier no desaparecido [que] no reaparece en la no-intersección de las no-avenidas (Gauss y Lobatchewsky)”, “perrito (…) de pelaje a manchas negras sobre fondo blanco (…) que obedece al nombre de ‘SOGOL’”, que es anagrama de LOGOS (págs. 80-83; cf. pág.125). El can Sogol, es decir, el logos (¿el lenguaje, la parábola, la ratio?), cuyo cuerpo consiente, porque consiste en ello, la inscripción de lo negro sobre la blancura y la escritura de lo blanco por lo negro, no sólo es el guardián del Libro, sino su emblema y el cuerpo de su inscripción: su escritura. Este desaparecido, no desaparecido, no reaparecido logos que bajo la figura del perro guardián concentra toda la zoología onto-teo-antropo-gramato-lógica que puebla las páginas de La Nueva Novela –zoo-lógica que comprende, entre otros animalculi lógicos, el Animalfabeto, el pez-pescador-ballena-Jesucristo, hipopótamos, jirafas, elefantes, el hombre, el Vergess de Morgenstern y, por cierto, el Gato de Cheshire (cf. págs. 67-83)– se exhibe en la escena de “La desaparición de una familia” en su inminente desaparición “en el séptimo peldaño de la escalera hacia el 2º piso” de aquella casa del extravío y la desaparición (pág. 137). Esta escena que remite (cf. págs. 120, 136) a las cubiertas anterior y posterior del libro –la primera ofrece la imagen de unas casas desplazadas por algún terremoto o cataclismo, la segunda una página cuadriculada en la que se pide al lector dibujar “el contorno de cada cuarto incluyendo puertas y ventanas” y marcar “dos rutas de escape para cada miembro de su familia”– instala el discurso de la casa (familiar) –genitivo objetivo y subjetivo– como discurso de su disolución y de(con)strucción por virtud de su propia contextura zoo-lógica: por sus ventanas “entra el tiempo”, por sus puertas “sale el espacio”: sus “señales de ruta” han de borrarse, olvidarse, confundirse, desoírse y, en suma, se revelarán ilusorias, inexistentes y nulas. Esta casa (familiar) que es discurso enunciable en el inminente extravío sucesivo de la hija, el hijo, los gatos, el perro-logos y el propio sujeto del discurso, exhibe su textura como tiempo, espacio, señales, viae rutpae y fin de la vida. “El hombre, empero, no es tan sólo un ser viviente que, entre otras capacidades, posea además el lenguaje. Más bien es el lenguaje la casa del ser [das Haus des Seins: el cobijo, la guarida del ser]: habitando en él es como el hombre ex–siste”, escribe Heidegger en un pasaje célebre (cf. Wegmarken, pág.164). El texto de J. L. Martínez dialoga con el texto heideggeriano: el guardián del Libro –logos / lenguaje– es extravío en la guarida del ser –el lenguaje–: el lenguaje como extravío (desaparición-no-desaparición del Libro: escritura).
-
_____________________
Publicado originalmente en Piel de Leopardo, Nº 3;
Santiago, 2º trimestre de 1993.






